Transforma emociones en palabras y… ¡consigue tu sueño!

¿Has tomado alguna vez una decisión que cambió tu vida por escuchar a tu vocecita interior?

Te voy a contar una historia de certeza, compromiso y esperanza. Ocurrió hace una década en tierra africana. Aquel cumpleaños soplé las velas entre dos continentes, volaba entre España y África, quizás fue ese el instante mágico donde se formó la conjunción precisa entre esos dos países y todas las aventuras inesperadas que vinieron después.

El viaje comenzó meses atrás persiguiendo un sueño: ver gorilas de montaña. Nunca había visitado África y lo quise hacer por lo alto, cumpliendo el objetivo que siempre había anhelado, ¿por qué dejar para después lo que la vida te empuja a hacer hoy?

El dinero no era mi mejor amigo y busqué todo tipo de ofertas. En aquellos años, en España no eran muchos los que hacían ese recorrido o debías donar un riñón a cambio de la experiencia.

Me topé, no se de que forma con una gente que tenía un camión y hacía viajes allá por Uganda. Siempre he creído ser precavida, pero aquella vez, sin pensarlo dos veces envié dinero a una cuenta desconocida en un país lejano para confiar que se daría. Supongo que la confianza fue la base que sembró aquel viaje desde su semilla.

Pasaré los detalles sobre el viaje en sí, por resumir; polvo, lluvia, camping, cambios, paradas y turistadas varias hasta llegar a la frontera donde al día siguiente cumpliría el anhelo de infancia. Esa tarde mi sueño inicial se topó con uno local, estaba disfrazado de baile tribal. Se dio en el camping donde mis compañeros de camión disfrutaban del mal vino cuyas garrafas habían rellenado por el camino.

Aquellos niños tenían un problema y bailaban para resolverlo. Todos ellos eran huérfanos y buscaban dinero para construir un lugar donde vivir y comer cada día. No soy muy ducha con el inglés aunque aquel viaje de habla inglesa hizo que fuera la traductora de mis amigos y ese inesperado papel no elegido me había afinado el oído durante el recorrido…

Había trabajado como trabajadora social años con lo que el mundo de los proyectos sociales y ya había dado todo de sí en el lugar donde yo prestaba mis servicios. Resulta que yo, sin saberlo, también tenía un problema, encontrar algo más allá de mi que me motivara.

Gran parte de mi trabajo consistía en convencer escribiendo ante administraciones que aquello que presentaba merecía un dinero.

Ese trabajo había formado parte de mi día a día. Nunca había hecho cooperación internacional, pero siempre había querido hacerlo, lo veía lejos de mis posibilidades, pero durante un instante hubo dentro de mi una voz, una llamada, una certeza que me levantó de aquella incómoda silla sabiendo que aquel día yo podría ser la futura coreógrafa de esa danza.

Concertamos una cita con el que parecía el responsable, el más adulto de todos ellos para el día siguiente. Pero todo inicio supone una dificultad y aquella solo sería la primera. Durante nuestra visita a nuestros antepasados, los gorilas, nuestra vuelta se alargó horas y no llegué a la cita estipulada.

Apelando a la frase no hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti, decidí solventar aquel problema levantándome antes de mi salida definitiva de aquella ciudad para no volver nunca y buscar la forma de cumplir con mi palabra.

En la madrugada del 13 de Septiembre deambulé y di uso a mi inglés forzado para encontrar a algún perdido que me dijera algo sobre aquellos niños que danzaban.

Si has visitado África sabrás que todos se conocen o eso parece y no fue difícil que uno llamara a otro y otro a otro hasta que llegó un chico, del que no recuerdo ni su cara y me facilitó en un roído papel con un correo electrónico. No había más tiempo, el camión partía.

Me llevé de aquel pueblecito un compromiso grande conmigo misma en un pequeño y arrugado trozo de papel.

Y así empezó todo… con un correo electrónico de un desconocido.

Un papel y un compromiso que años más tarde convirtieron aquel improvisado baile en una ensayada coreografía en el que 150 niños celebraban abriendo las puertas a su nueva escuela donde cada día acudirían.

¿Y por qué te cuento esta historia?

 

  • Porque refleja el poder de las emociones.
  • Porque solo un baile inconexo realizó un impacto emocional capaz de transformar un sueño en una realidad llamada proyecto.
  • Porque solo tenían una forma de venderse, a través de la emoción. Y lo hicieron tan bien y tan fuerte que fueron capaces de convencer a una persona; la adecuada.

 

No necesitas llegar a todo el mundo,

Solo a aquellos que compren tu producto.

Ellos llegaron a aquella persona que necesitaban, una que hablaba su lenguaje emocional (ya os dije que el inglés no era lo mío), con recursos lingüísticos limitados pero acostumbrada a escribir para convencer a otros, y que contagiara con palabras la emoción que ellos le habían trasmitido.

Un baile de emociones tan potente, que hizo que un solo correo electrónico de un desconocido fuera capaz de abrir las puertas años después a una escuela africana.

Esto no es cuento, es una historia basada en hechos reales. Así que si ellos lo consiguieron, ¡hazlo tú igual! 

Emociona tanto con tu historia, para que aquellos que te lean al otro lado de la pantalla quieran bailar contigo.

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